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27-12-2012 | 18:35 hs. |

"En Terapia" tendrá 2ª temporada en 2013

Autor: -- |  Fuente: Clarín

 Alejandro Maci abre la puerta un día que tranquilamente podría haber sido parte de una ficción. Tras una jornada de alertas por una nube tóxica que invadía la ciudad desde Puerto Madero a días del Apocalipsis que no fue y una tormenta digna del fin del mundo, el guionista y director habla, ahora en el living de su casa de Palermo, de esas historias que salen de su puño y van directo a la pantalla de nuestros televisores.

Aunque también está ligado al teatro y al cine –se inició nada menos que con María Luisa Bemberg con De eso no se habla–, sus éxitos televisivos son muchos y bien diferentes. A cuatro manos con Esther Feldman, escribió, entre otras, El tiempo no para, Lalola, Los exitosos Pells, Botineras y adaptó En terapia. También dirigió Fiscales, El Hacker, Contra las cuerdas y el unitario Televisión por la inclusión –que se llevó un Martín Fierro y Darío Grandinetti y Cristina Banegas ganaron un Emmy Internacional.

Ahora, Maci explora los confines de la escritura con un proyecto de novela que se editará en Planeta sobre una historia policial que sucede entre intelectuales de los ’60s, con un Onganía reciente, una presente Noche de los Bastones Largos y un esquema familiar que empieza a entrar rápidamente en crisis. Y para el 2013 que lo espera ya tiene fechas acotadas para sus producciones. Filmará un largometraje de un libro de Matías Umpiérrez, Lo que queda del beso, sobre una historia de perversión familiar. Y una vez terminado, comenzará a rodar Los que aman, odian, la única novela escrita a cuatro manos por Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, que sucede en plena década del 40. Pero antes de todo, en febrero empezará el rodaje de los 40 episodios que siguen de la segunda temporada de En terapia. De modo que habrá más conflictos psicoanalíticos para el año que se viene.

-“En terapia” es una adaptación de una serie israelí que llegó primero por HBO. ¿Cómo ves nuestro sistema de producción en relación al internacional?
-La televisión internacional es muy distinta que en Argentina. Los episodios de Televisión por la inclusión, por ejemplo, son muy magros de presupuesto. Un poco son las cosas que pasan en Argentina que uno muchas veces se sorprende para bien: somos capaces de hacer en dificultades y de modo simple. Y también una cosa que a mí me gusta mucho –yo provengo del cine– es que el INCAA haya coproducido esto. Ojalá sea punta de lanza de una coexistencia que se sostenga en el tiempo: le hace bien la televisión al cine, le hace bien el cine a la televisión. Así se procede en Europa: la televisión produce cine.

-Pero acá el cable es muy reducido en comparación con el exterior…
-Definitivamente. Un éxito de cable en Estados Unidos da la vuelta al mundo, entonces se vuelve un aparato industrial enorme, poderosísimo. Nosotros no tenemos posibilidades de hacer una televisión de cable de ese tenor. Si uno piensa en la miniserie que produjo Martin Scorsese, Boardwalk Empire, que además dirigió el episodio piloto, ese único capítulo costo US$ 20 millones. No hay una sola película argentina que tenga ese presupuesto. La televisión por cable en Argentina casi no puede darse el lujo de producir ficción. Creo que en el futuro va a crecer, pero hay cuestiones que tienen que ver con la comercialización. Lamentablemente uno no puede pensar: “Voy a hacer una miniserie por cable”. La televisión abierta es la única que hasta ahora lo ha permitido.

-La mayoría de las series que se emiten en Argentina son costumbristas. Nunca vi una serie con los efectos de “The Walking Dead”, por ejemplo, en nuestro país. ¿Creés que el género de nuestra televisión tiene que ver con un tema presupuestario?
-No, creo que tiene que ver con qué producen los productores. Porque acá el mercado se ha estrechado y los unitarios son muchos menos. Hace diez años había más. Ahora está “el” unitario de Canal 13, “el” unitario de Telefé, “el” unitario de la TV Pública. Son dos o tres en el año. Por eso, cuando el INCAA sale a producir una buena cantidad de unitarios, admite otros géneros: el terror, la ciencia ficción, el thriller, el gore. Géneros y subgéneros que son inexplorados en nuestro país. Yo creo que uno siempre tiene que ir a los bordes del borde.

-¿Y cómo se hace con las fronteras del medio, porque es uno de los más restrictivos para producir?
-Claro, la televisión es un hecho industrial que no permite que uno haga lo que se le de la gana. En cuanto a la duración, si es una hora, es una hora. Una película puede durar 90, 95, 100 minutos. No puede durar 4 horas, excepto que sea Fanny y Alexander de Bergman o experiencias en particular. La televisión no. Dura una hora. Y son los cuarenta y pico de minutos de lo que se llama artística, fuera de los cortes, los títulos, los rodantes y cosas por el estilo, con los que termina durando una hora. Y así como te hablo de cuestiones de formalidad de emisión, hay también restricciones y prejuicios de contenido. A esta hora tal cosa, en tal momento tal otra. La televisión es muy obscena, se te mete en tu dormitorio, la ve cualquiera. Y las restricciones del horario de protección al menor son muy relativas. Es difícil de sostener como es difícil también de mantener hoy un control sobre la Web. Bueno, los padres sacan el porno, pero el que quiere ver ve todo. Entonces, cualquier buceo de lenguaje, cualquier búsqueda que se corra de los cánones: melodrama puro, comedia familiar, esos géneros y subgéneros, se vuelve más difícil. Y además, los productores son muy reticentes a los cambios.

-¿Y cómo fue con “En terapia”? Porque el formato es bastante diferente del que se suele ver en nuestra televisión…
-En general con los productores uno tiene esta discusión como la estamos teniendo vos y yo. Se da una polémica dialéctica entre uno y otro y de alguna manera, se busca el consenso de hasta dónde se puede algo. Porque también es cierto que un productor no es totalmente libre, sino que produce para un canal, que tiene un montón de pautas sobre lo que quiere para ese horario de su grilla. En el caso de En terapia, tuvimos todos una gran sorpresa. Uno creía que dos personajes hablando en esta época era algo que realmente la televisión abierta no resiste. No olvidemos que la versión que muchos conocimos de HBO es una programación de cable. Y al final encabezó el rating de Canal 7. Quiere decir que hay un espacio para eso. Y uno aprende también que a veces uno tiene el prejuicio puesto: que la gente no resiste diálogos largos –dos personajes hablando de ellos–, en una puesta en escena estática, sino que requiere el emergente de los acontecimientos. Cuando eso no pasa, es interesante porque hace pensar en cuántas veces se subestima al público.

-¿Notás alguna modificación en los esquemas de escritura?
-Sí, muchos. Creo que el guión está ligado a los cambios de la época y que hoy las modificaciones no tienen techo. Hoy se habla de una segunda pantalla. Yo estoy viendo televisión con la notebook abierta al lado. Y miro y miro. Desde mails hasta comentarios online sobre lo mismo que estoy viendo en televisión. Y esto genera consecuencias en el lenguaje, lo obliga a cosas.

-¿Cuál es el rol que cumple la ficción para la audiencia?
-La relación con la audiencia es siempre por épocas. Hay una temperatura social que varía. Yo pienso en la función de la ficción clásicamente hablando, de un modo aristotélico: tener en cuenta los aspectos identificatorios, catárticos y miméticos. Por eso creo que es develadora. Yo, viendo una historia, sé de mi historia. Entonces me parece que es muy importante que se defienda el espacio ficcional en la televisión, que no sean sólo talk shows y realities, sino que la gente vea historias como las de algunos de ellos. La televisión y la ficción son terapéuticas. Me pasa a mí: cuando yo veo una historia que en algo me toca me voy afectado pensando, y a veces modifico mi vida en función de lo que vi.

-¿En qué sentido modificás tu vida?
-En muchos aspectos y en cada cual distinto. A veces conscientemente, a veces pre-conscientemente, a veces de manera totalmente inconsciente. Simplemente por la conmoción que me provoca la historia. Y quizás un año más tarde me doy cuenta de algo. Los efectos de la ficción no tienen que ver con la inmediatez. No es como una gragea que uno toma y produce efectos inmediatamente como una especie de analgésico. Es filosófico, es existencial. Alguien se identifica o no, yo quisiera ser como tal, o no quisiera, yo quisiera que a mis hijos les pasara tal cosa, yo quisiera que mis hijos pudieran algún día… Nuestro acceso a la ficción es un poco infantil, tengamos la edad que tengamos. Es así. Yo acabo de leer una novela de Emmanuel Carrère que se llama El adversario que me tiene conmovido. Mi vida no se parece a esa, pero me hizo pensar en el empleo del tiempo de ese hombre que trata de sostener una imagen ante su familia y cuando no la puede sostener, los mata a todos.

-¡Menos mal que no tiene que ver con tu vida!
-(Risas) ¡No! Pero, claro, la ficción se vuelve filosófica. Tiene ese desempeño extraordinario que vuelve –o puede volver– más inteligente a una sociedad. Por eso debemos provocar siempre a la sociedad, en el sentido más respetuoso del término. Que no se aburguese, que no crea que la felicidad es la de un comercial de chocolate. No, eso está preparado para vender chocolate, está armado. Pensémonos a nosotros mismos y veamos qué dejamos para los que vienen.

-Pero la ficción televisiva también es una construcción que tiene como fin no vender un producto, sino venderse a sí misma…
-Pero hay algo muy diferente entre una y otra. Una tiene una función colateral: una es para vender chocolate. Qué importa lo comercial: una serie, una película, un libro, se venden. Lo importante es que alguien pueda, en todo caso, tener acceso a un elemento artístico. La función meramente comercial por sí misma es engañosa. Yo te hago creer una escena idílica para que vos compres un crucero. No es lo mismo en la ficción, ni una novela, ni un unitario, ni una miniserie. Por supuesto que hay criterios comerciales: le va bien, le va mal, tiene rating, no lo tiene, la levantan. Lamentablemente es el mundo y es por qué decíamos que en el cable no hay ficción. Porque no la pueden pagar, porque no tienen cómo comercializarla. Pero me parece que hay formas más honestas y menos deshonestas de eso. La ficción tiene que tener un elemento que despierte reflexión en el público o el lector. La televisión tiene que cumplir una función social, se tiene que hacer cargo de los confines de la sociedad: de los que están creciendo, de los que no tienen acceso otra cosa. Tiene que ayudar a tener una sociedad mejor, más crítica de sí misma, más interesante. Una educación en sentido amplio.

-¿Y creés que eso se está cumpliendo?
-A veces sí y a veces no. Creo que es una lucha que no se termina nunca. La televisión es un medio, es inocente. Puede ser de buena o de pésima calidad. Y el cine también. Pero como en la televisión lo comercial está tan en primer plano, de pronto las cosas se hacen velozmente y muchas veces, con torpeza. Hoy no se cumple, pero tenemos que bregar para que haya algo de todo eso. Si todos luchamos, algo queda.

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